Experiencia de Inserción
“Un Hogar llamado Casa del Migrante en Tijuana”
Mary Karol Fuentes Medina
Estudiante de la Licenciatura en Psicología
Una casa que se vuelve más que eso, un patio que se vuelve punto de reunión, un comedor que invita a la conversación, una puerta que abre nuevas posibilidades e historias que son contadas desde el alma, es lo que vuelve a esta estructura algo más que un lugar, es decir, un hogar.
Haber sido parte de la Casa del Migrante en Tijuana fue una experiencia auténtica, donde la rutina no cabía, cada día había algo que descubrir en pláticas, eventos o actividades que inevitablemente te movían de sitio, y cuando llegaba el momento de quitarse los zapatos me hacía consciente de todos los pasos que caminé, de los escalones que incontables veces subí y bajé, pero sobre todo me hice consciente de que no era la misma persona, estar ahí te transforma.
En los meses que estuve de inserción, aprendí que se necesita de mucha valentía para dejarse sentir, ya que, no se puede trabajar con personas en contexto de movilidad si no te permites ser vulnerable y abrir tu corazón para acompañar en un momento lleno de incertidumbre, y a pesar de que uno no cuenta con todas las respuestas, un gesto de amabilidad puede ser esa calma que tanto se busca.
El paso del tiempo aquí me confirmó que esto fue más que cumplir con un servicio social, sino que realmente fue verme inmersa en la dinámica de la Casa y así, las caras conocidas se volvieron familiares, el saludo dejó de ser un acto de cortesía y se volvió el inicio emocionante de una próxima conversación y lo malo de los turnos era cuando terminaban.
Después de nueve semanas de inserción, decidí alargar mi estancia, porque sé que era una oportunidad que en el futuro sería más complicado tener, así que me quedé un par de semanas más, hasta que llegó el día en el que tenía que partir, sabiendo que sería difícil, porque no me gustan las despedidas, pero cuando los niños y los migrantes sí quisieron despedirse de mí supe que todo valió la pena y que, sin duda, volvería a vivir esta experiencia de nuevo.
Finalmente, quiero reconocer al equipo de voluntarios del verano, porque esto no es un mérito individual, al final nosotros también estuvimos lejos de nuestras casas, con situaciones desconocidas, pero siempre con el apoyo entre nosotros, así que gracias por haber sido una pequeña familia; por último, pero no menos importante, quiero agradecer también a Lau por ser esa chispa que enciende otros corazones y al Padre Pat por todo el cariño disfrazado de sarcasmo.
Juan Pablo Villalobos Ortiz
Estudiante de Ingeniería en Bionanotecnología
No somos siempre conscientes de qué tan humano puede ser un ser humano… ni de qué tan inhumano puede llegar a ser. Esa fue una de las primeras verdades que comprendí durante mi experiencia en Iniciativa Kino para la Frontera. A veces, vivimos tan alejados de la realidad de otras personas que olvidamos que todos compartimos la misma esencia. En el imaginario colectivo, la palabra “migrante” se ha reducido a una etiqueta de desagrado o compasión vacía. Pero cuando estás frente a ellos cuando escuchas sus historias, ves sus manos marcadas por el camino, su mirada llena de cansancio y esperanza, todo cambia.
Este viaje comenzó como parte de mi servicio social de inserción, pero terminó convirtiéndose en una de las experiencias más profundas de mi vida. Recuerdo perfectamente cuando me dieron la noticia: mi destino sería Nogales, Sonora, un lugar donde convergen los sueños rotos y las segundas oportunidades. Antes de llegar, imaginaba un espacio de ayuda, quizá un albergue como cualquier otro. Pero al cruzar las puertas de la Iniciativa Kino, entendí que estaba entrando en un territorio donde la humanidad se reconstruye cada día. Allí conocí a personas que habían perdido todo y, aun así, encontraban la fuerza para seguir adelante. Escuché historias de quienes dejaron atrás su hogar, su familia, su país, buscando solo una vida digna. Algunos habían logrado cruzar; otros fueron deportados en cuestión de minutos. Todos compartían algo en común: el anhelo de ser vistos, escuchados y tratados como personas.
Durante las jornadas en el comedor, entre platos servidos, charlas breves y sonrisas sinceras, entendí que lo verdaderamente transformador no estaba en lo que yo daba, sino en lo que recibía. Las palabras que más marcaron mi experiencia no vinieron de mis compañeras, compañeros ni de las y los coordinadores, sino de quienes, con una fuerza inmensa, me decían:
- “En un abrir y cerrar de ojos, mi vida cambió por completo.”
- “No sabes lo mucho que significa que seas tan amable conmigo.”
- “Tienes una energía inolvidable.”
- “Gracias, de verdad, porque por personas como tú, nosotros seguimos aquí.”
Cada frase era una lección. Me mostraron el valor de la empatía, del acompañamiento sin juicio, del simple acto de escuchar. Aprendí que servir no es una tarea, sino una forma de mirar el mundo con el corazón abierto. No niego que hubo momentos difíciles. A veces, la impotencia me invadía al saber que, por más que hiciéramos, había realidades que no podíamos cambiar. Pero entonces recordaba que lo más valioso que podíamos ofrecer era nuestra presencia, nuestra voz y nuestro compromiso de no mirar hacia otro lado.
Hoy, miro hacia atrás y me doy cuenta de cuánto crecí, no solo como estudiante, sino como ser humano. Iniciativa Kino me enseñó que las fronteras no solo están en los mapas, sino en los prejuicios, en la indiferencia, en el miedo al otro.
Siempre lo he dicho y ahora lo sostengo con más convicción que nunca: “Existen dos herramientas que pueden cambiar el mundo: nuestro conocimiento y nuestra voz.”
Después de esta experiencia, descubrí una tercera: el encuentro con el otro. Porque en ese encuentro, descubrí que servir es también ser transformado
EN ESTE NÚMERO
-
3 al 7 de noviembre
Periodo de Evaluación
-
10 de noviembre
Cambios de nota y Fecha límite de capura de calificaciones parciales y faltas
-
11 de noviembre
Publicación de calificaciones parciales y faltas
-
17 de noviembre
Descanso obligactorio
-
18 al 21 de noviembre
Bajas de asignaturas




