¿Por qué hacer servicio social en una universidad privada?
Psic. Elías Cortés Servín
Responsable de Servicio Social I
Hace poco salí a jugar básquet con unos amigos en las canchas de la Universidad. Mientras jugábamos se unieron dos chicos más, una estudiante de tercero y otro de séptimo semestre. Al terminar, aún con la respiración agitada, comenzamos a conversar: los nombres, las carreras, qué hacíamos ahí, etc. Cuando les mencioné que era el encargado de Servicio Social I, uno de ellos frunció el ceño y preguntó sin rodeos:
—¿Por qué tenemos que hacer servicio social si esta es una universidad privada?
La pregunta quedó flotando. Le respondí con un “buena pregunta, quizá podamos platicarla después”. No era el momento ni el lugar, pero me dejó pensando.
Al crecer yo me formé en instituciones públicas. Desde la Preparatoria de la Universidad de Guanajuato UG entendíamos el servicio social como devolver a la sociedad un poco de lo que recibíamos gracias al apoyo del gobierno. Quizá en su momento me dio fastidio, pero no lo cuestionaba: era parte de la vida escolar.
En la universidad ese requisito adquirió otro sentido al vincularse con la práctica profesional. Ya había un reto mayor: aplicar lo aprendido en contextos reales.
Ahora, en una institución privada, pareciera que la lógica de “devolver” no aplica, pues no hay recursos públicos de por medio. Sin embargo, desde la Secretaría de Educación Pública (SEP) se establece como requisito, con el fin de generar conciencia social en quienes tienen posibilidad de acceder a estudios superiores.
Ese objetivo va más allá de nuestro contexto inmediato, nos sugiere una historicidad nacional e internacional y responde también a deudas históricas relacionadas con clase, género, raza y otras desigualdades.
En mi experiencia, el servicio social abrió la puerta a actividades voluntarias que me retribuyeron en dos sentidos:
- Experiencia profesional al contrastar teoría con práctica, equivocarme y aprender de ello fuera del aula.
- Brindó sentido a lo que hacía, no era solo cumplir, sino aportar para otras personas con fundamento y propósito.
Vivimos tiempos difíciles: desigualdades, violencias, aislamiento. Frente a esto recuerdo lo que me decía mi colega Caro Hernández mientras hablábamos de leer en colectivo: “El libro es solo un pretexto para reunirnos”. Desde entonces pienso lo mismo y más del servicio social, incluso en universidades privadas: es un pretexto para conectar con otras y otros, ampliar la mirada y aportar desde nuestros recursos formativos a la sociedad.
En la Ibero León he descubierto que no se trata solo de formar profesionistas, sino buenas y buenos profesionistas. Como dice Adela Cortina, la universidad, por su carácter privilegiado, tiene la capacidad de incidir en los resortes invisibles que mueven a la sociedad. Y esa incidencia no debería limitarse al conocimiento técnico: debe orientarse al bien común.
Por eso, más allá de si la institución es pública o privada, el servicio social es una invitación a mirar la realidad con otros ojos. Aunque a veces lo vivamos como un trámite, puede ser la puerta a algo mucho más grande: conectar con la realidad y con quienes nos rodean, encontrando lo que nos hace iguales.
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